10 de septiembre de 2016

Niños pálidos, sus padres con recetas en manos entraban muy preocupados a la farmacia muy bien ubicada cerca de todos los sectores limítrofes de nuestro barrio.


Aquellos hombres y mujeres lugareños iban a consultar sobre qué cosas tomar para las molestias en sus partes íntimas, era un secreto en el oído de Sergio o Rolando, los dependientes por años de la famosa farmacia de nuestra comunidad, realmente los hermanos sabían del negocio, aún lo mantienen pues es rentable y siempre hay personas enfermas. 

- Tengo un ssssssss. Dijo con murmullos secreteando un jovencito que entró cojeando y prendido en fiebre, ya los farmacéuticos sabían al dedillo lo que les afectaban, era como una consulta médica sin asistir al hospital del Morgan, uno de los mas concurridos. 


Yo no podía escuchar el diagnóstico del quebrantado pues estaba alejada, imagino que contrajo una enfermedad de transmisión sexual o quizás una molestia al orinar, también un catarro de esos rompe pecho.


Rolando le buscaba sin hablar un medicamento, varias pastillas que ordenaba tomarse sin parar.


- ¿ Uté cree que me sano con eto?


- Sí, asentaba el farmacéutico con su cabeza con algunos pelos salteados había que hablarle duro, pues tenía un problema autidivo, leía los labios de los clientes, muy acertado en los medicamentos que vendían. 


Me sentaba al frente de la farmacia a ver las personas entrar, se movía bien el negocio, además les daban la oportunidad a los muchachos del barrio de trabajar como dependientes, así aprendían y ganaban algunos pesos, hoy Felipe Fortunato, es ejemplo de eso, pues tiene su propia farmacia, allí también trabajaron mi hermano Ranin, Juancito e Imperio y otros muchachos igualmente. 


Yo quería estar detrás del mostrador, añoraba vender algo, que me pidieran aspirinas o vick vaporux, vender y sentirme útil. 


Realmente tenía mucha curiosidad como jovencita atrevida, averiguada, curiosa de saber todo, con razón soy periodista, estaba muy alerta a lo ocurrido en el barrio, me llamaban la atención las estampas costumbristas, noviazgos, bodas, las que se fueron por las ventanas y los padres llorando, guardaba esas escenas en mi mente para plasmarla hoy. 


Mi farmacia del pueblo, aún continúa allí en la Avenida Francisco del Rosario Sánchez, debajo de donde me crié, en ese edificio, donde les añadieron otras construcciones para aprovechar los espacios. 

Cada tarde frente al establecimiento se reúnen los jóvenes del barrio que han sido deportados de los Estados Unidos, en el muro cuentan historias de New York, sueñan con volver a bajar al Bronx o vivir en el alto de Manhattan, no se acostumbran a República Dominicana, esa es su realidad. 


Nuestra farmacia del barrio, curaba desde una simple gripe hasta la enfermedad mas crónica del paciente, los clientes aprovechaban para pesarse con una peseta y ver cuán gordos o flacos estaban con esas infecciones atacadas con ampicilina 500mlg y varias inyecciones colocadas en el lugar.


Bajar al barrio Los Guandules y ver que a pesar de la crisis económica de los sectores, mi farmacia no ha desaparecido está ahí, guerrera, amiga, un paliativo con sus pastillas genéricas, aún sobrevive vendiendo migrañex, jarabes para la tos, mentol, aceite de bergamota, litargirio, la Flecha, bicarbonato de sodio, antialergicos, vaselinas, Dramamine Merislon, Broncochen, fungicidas, borasol, Arcopulmin inyectado para la bronquitis,Tilenol, Diclofenac, Voltaren, sulfato ferroso, calcio, polvo de hierro, vitaminas, Apetigen, Viternun y pastillas para la presión alta y diabetes tipo 2, una moda ser díabético ahora.


También observé regalos, una farmacia comunitaria, pero muy de barrio, allí me prestaban el pasaje para ir a la universidad en San Pedro de Macorís, mamá les pagaba luego, ellos fueron muy solidarios con mi familia, en su teléfono de discado, recibíamos llamadas importantes, nunca olvido ese gesto.


Mantenerse por mas de 50 años, es un reto, esa es nuestra farmacia Marilyn de siempre, curando en silencio, mientras transcurre la vida entre niñas preñadas, regetton, jóvenes desertores escolares, bachata,  motoconchos sin control, vendedores ambulantes, colmadones y guaguitas voladoras transportando estudiantes, personas trabajadoras e igualmente vagos, u otros que retornan de la avenida Duarte, comprando algo, mi farmacia, revestidas de historias para escribir 3 libros, guardé ayer tantas historias del barrio, historias con protagonistas reales. 


Por Dominga Valdez
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Farmacia del barrio

Niños pálidos, sus padres con recetas en manos entraban muy preocupados a la farmacia muy bien ubicada cerca de todos los sectores limítrofes de nuestro barrio.


Aquellos hombres y mujeres lugareños iban a consultar sobre qué cosas tomar para las molestias en sus partes íntimas, era un secreto en el oído de Sergio o Rolando, los dependientes por años de la famosa farmacia de nuestra comunidad, realmente los hermanos sabían del negocio, aún lo mantienen pues es rentable y siempre hay personas enfermas. 

- Tengo un ssssssss. Dijo con murmullos secreteando un jovencito que entró cojeando y prendido en fiebre, ya los farmacéuticos sabían al dedillo lo que les afectaban, era como una consulta médica sin asistir al hospital del Morgan, uno de los mas concurridos. 


Yo no podía escuchar el diagnóstico del quebrantado pues estaba alejada, imagino que contrajo una enfermedad de transmisión sexual o quizás una molestia al orinar, también un catarro de esos rompe pecho.


Rolando le buscaba sin hablar un medicamento, varias pastillas que ordenaba tomarse sin parar.


- ¿ Uté cree que me sano con eto?


- Sí, asentaba el farmacéutico con su cabeza con algunos pelos salteados había que hablarle duro, pues tenía un problema autidivo, leía los labios de los clientes, muy acertado en los medicamentos que vendían. 


Me sentaba al frente de la farmacia a ver las personas entrar, se movía bien el negocio, además les daban la oportunidad a los muchachos del barrio de trabajar como dependientes, así aprendían y ganaban algunos pesos, hoy Felipe Fortunato, es ejemplo de eso, pues tiene su propia farmacia, allí también trabajaron mi hermano Ranin, Juancito e Imperio y otros muchachos igualmente. 


Yo quería estar detrás del mostrador, añoraba vender algo, que me pidieran aspirinas o vick vaporux, vender y sentirme útil. 


Realmente tenía mucha curiosidad como jovencita atrevida, averiguada, curiosa de saber todo, con razón soy periodista, estaba muy alerta a lo ocurrido en el barrio, me llamaban la atención las estampas costumbristas, noviazgos, bodas, las que se fueron por las ventanas y los padres llorando, guardaba esas escenas en mi mente para plasmarla hoy. 


Mi farmacia del pueblo, aún continúa allí en la Avenida Francisco del Rosario Sánchez, debajo de donde me crié, en ese edificio, donde les añadieron otras construcciones para aprovechar los espacios. 

Cada tarde frente al establecimiento se reúnen los jóvenes del barrio que han sido deportados de los Estados Unidos, en el muro cuentan historias de New York, sueñan con volver a bajar al Bronx o vivir en el alto de Manhattan, no se acostumbran a República Dominicana, esa es su realidad. 


Nuestra farmacia del barrio, curaba desde una simple gripe hasta la enfermedad mas crónica del paciente, los clientes aprovechaban para pesarse con una peseta y ver cuán gordos o flacos estaban con esas infecciones atacadas con ampicilina 500mlg y varias inyecciones colocadas en el lugar.


Bajar al barrio Los Guandules y ver que a pesar de la crisis económica de los sectores, mi farmacia no ha desaparecido está ahí, guerrera, amiga, un paliativo con sus pastillas genéricas, aún sobrevive vendiendo migrañex, jarabes para la tos, mentol, aceite de bergamota, litargirio, la Flecha, bicarbonato de sodio, antialergicos, vaselinas, Dramamine Merislon, Broncochen, fungicidas, borasol, Arcopulmin inyectado para la bronquitis,Tilenol, Diclofenac, Voltaren, sulfato ferroso, calcio, polvo de hierro, vitaminas, Apetigen, Viternun y pastillas para la presión alta y diabetes tipo 2, una moda ser díabético ahora.


También observé regalos, una farmacia comunitaria, pero muy de barrio, allí me prestaban el pasaje para ir a la universidad en San Pedro de Macorís, mamá les pagaba luego, ellos fueron muy solidarios con mi familia, en su teléfono de discado, recibíamos llamadas importantes, nunca olvido ese gesto.


Mantenerse por mas de 50 años, es un reto, esa es nuestra farmacia Marilyn de siempre, curando en silencio, mientras transcurre la vida entre niñas preñadas, regetton, jóvenes desertores escolares, bachata,  motoconchos sin control, vendedores ambulantes, colmadones y guaguitas voladoras transportando estudiantes, personas trabajadoras e igualmente vagos, u otros que retornan de la avenida Duarte, comprando algo, mi farmacia, revestidas de historias para escribir 3 libros, guardé ayer tantas historias del barrio, historias con protagonistas reales. 


Por Dominga Valdez